domingo, 27 de diciembre de 2015

AGUAS CULPABLES

Esa mañana se levantó muy temprano. Estaba deseosa de comunicarse con su marido.Hacía ya casi tres meses que no lo veía, ¡cuánto lo extrañaba!. Cuando partió hacia Inglaterra por la enfermedad de su padre, sospechó su embarazo, pero al no estar completamente segura, prefirió guardarse la noticia hasta su regreso.Era tiempo de revelársela.
Su abrigo de armiño la defendió del frío intenso de cubierta. Con paso ligero y una radiante sonrisa de satisfacción, se dirigió hasta la estación de telegrafía.
"Le diré que llego con una novedad maravillosa que nos hará inmensamente felices. Sólo eso, lo mantendré en ascuas hasta estar en sus brazos. En ese momento le confesaré que seremos padres...Sí, eso haré. Muero por ver la expresión de su rostro cuando se la comunique. Recién ahora comprendo lo que significa el milagro de la vida", pensó con el corazón alborozado.
Desayunó en el suntuoso salón junto a su suegra, que con generosidad la había acompañado en su viaje. Su sirvienta, una joven hacendosa y distraída, se reunió con ellas unas horas más tarde, ya que estaba ubicada entre los pasajeros de tercera clase.
La jornada se le hizo lenta y aburrida, a pesar de todas las comodidades que ofrecía el barco: gimnasio, piscina, biblioteca...Nada la complacía, sólo anhelaba arribar a Nueva York.
Luego de la cena en el lujoso restaurante, abandonó una tediosa sobremesa y escapó hacia la sala de lectura, aunque enseguida cambió de parecer optando por la Gran Escalera que la llevó a la cúpula de cristal. Se apoyó en la baranda de madera lustrosa, cerró los ojos y lejos del bullicio del comedor, soñó con el reencuentro..."¡Cuánto los amo!", dijo en voz baja acariciando su vientre.
Bajó lentamente los escalones alfombrados y sin dudarlo se encaminó hacia su camarote, Gertrudis la estaría esperando para ayudarla a desvestirse, faltaba poco para deshacerse del maldito corsé. Sonrió al pensar en ese detalle.
"¿Me necesita para algo más señora?", preguntó solícita la sirvienta.
" No, querida, puedes retirarte y trata de descansar", le aconsejó con cariño.
" Esta noche los irlandeses festejan una boda y uno de ellos me invitó al baile", le confió sonrojada.
" Entonces necesitarás algo bonito".
Con sorpresa, Gertrudis, se vio enfundada en un sencillo, aunque costoso, vestido de seda azul.
" Es demasiado señora...no sé si debo...", tartamudeó emocionada.
" Te lo mereces, y ahora vete y diviértete".
Sola, en la sala de estar de su camarote, sentada cerca de la estufa eléctrica, empotrada hermosamente en una chimenea, continuó escribiendo en su diario.
" 14 de Noviembre de 1912
Hoy el mar ha estado apacible. Adoro observar las aguas, regalan serenidad a mi espíritu convulsionado por una espera que se me hace interminable.
Hasta mi camarote llega una dulce melodía, un vals, que la orquesta ejecuta magistralmente sobre cubierta. Un vals que despierta en mí cientos de recuerdos; bailando un vals conocí al hombre que me hizo mujer, bailando un vals me robó un beso, bailando un vals me propuso casamiento... 
El reloj acaba de marcar las 23 y no puedo conciliar el sueño. ¡Que raro! me parece escuchar una campana...será mi imaginación.
De la biblioteca extraje un ejemplar de "Orgullo y Prejuicio", de Jane Austen, que comenzaré a leer esta noche. Quizá la lectura de esta historia ayude a calmar mi ansiedad."
Enfrascada en la trama no escuchó el griterío que se acentuaba con el correr de los segundos.
Un golpe en la puerta que clamaba urgencia, la sobresaltó.
"Señora, su suegra la espera en cubierta para abordar en uno de los botes de emergencia. Existe la posibilidad de que el transatlántico se hunda", el oficial lo expresó con calma tratando de no asustar a la mujer.
Fracasó en su intento, Britanny se envolvió en una mantilla de lana, tomó su diario y salió en busca de su suegra. No fue fácil llegar hasta ella. El miedo desequilibra al hombre sin importar su status social, y en ese momento crucial provocó un enjambre convulsionado que pisoteaba, empujaba, insultaba...el salvajismo a flor de piel y Britanny fue víctima de esas reacciones
Cuando logró alcanzar a la mujer que la esperaba angustiada, la abrazó y le entregó el diario.
"Para Ben", consiguió decir, estaba extenuada.
"Entrégaselo tú", se extrañó la suegra, "No perdamos tiempo, subamos al bote, ya hay pocos lugares. Ese maldito iceberg causó un desastre".
"No, suba usted, yo voy por Gertrudis. No puedo abandonarla"

"Estás loca Brit, ven sube...", la tomó con fuerza del brazo. La joven de un tirón se desprendió de la suegra y corrió hacia los niveles inferiores. Allí el descalabro era mayor, sabían con seguridad que pocos sobrevivirían, ellos eran personas sin importancia, pobres inmigrantes que apenas habían podido pagar su pasaje.
Britanny, contagiada por la desesperación, empujó para abrirse paso entre la multitud que se agolpaba clamando y exigiendo auxilio, un auxilio que nunca les llegó.
La halló sobre el regazo de un joven pelirrojo que no apartaba su mirada del rostro ensangrentado de la muchacha.
Britanny se arrodilló junto a ella y le acarició el rostro. Gertrudis no reaccionó.
"Está muerta, ¡muerta!", se desgarró el joven, " estos bárbaros la aplastaron, la golpearon y yo no pude...no pude...", se lamentó entre lágrimas.
Britanny, apenada, volvió a la cubierta del nivel superior. Pudo hacerlo porque uno de los oficiales que bloqueaba el paso a los pasajeros de tercera la reconoció y le permitió escabullirse.
Eran las dos de la madrugada y el agua ya alcanzaba la cubierta de primera clase. Se escucharon disparos y el pánico se adueñó de los pocos que quedaban, entre ellos, Britanny. Ya no habían balsas inflables.
"Voy a morir, mi hijo nunca verá la luz., no volveré a besar la boca de mi amado. Estoy en paz, hice lo correcto. No podía abandonar a mi fiel Gertrudis, ¡no!".
A las dos treinta del lunes 15 de abril, la popa del Titanic se alzó en la noche y rápidamente se sumergió dejando en torno a varios cientos de pasajeros que se debatían en el agua helada sin esperanza de salvarse.
Como si fuese un ritual mágico, que la traía del recuerdo a la realidad, el hombre abría con amor todas las tardes el diario de su esposa. El avaro océano se la había robado, a ella y su hijo. Primero la maldijo por su estupidez, anteponer su vida y la de su hijo por una simple sirvienta...más tarde se arrepintió, ella siempre obedecía a su corazón, un corazón generoso y valiente. Y como todas las tardes, mientras escuchaba un melancólico vals, lloró.


"La valentía es la capacidad de actuar apropiadamente, incluso cuando se tiene miedo a la muerte".
 Omar N. Bradley


viernes, 25 de diciembre de 2015

EL SECRETO DE AURORA

Después de la ceremonia del bautismo, todos los invitados volvieron al palacio del rey, donde había un gran festín...Las hadas comenzaron a conceder dones a la princesita. La primera le otorgó el don de ser la persona más bella del mundo, la siguiente el de tener el alma de un ángel, la tercera el de poseer una gracia admirable en todo lo que hiciera, la cuarta el de bailar a las mil maravillas, la quinta el de cantar como el ruiseñor...Llegado el turno de una vieja hada, que por error no fue invitada a la ceremonia, meneando la cabeza, dijo,"Te pincharás un dedo con el huso causándote la muerte".     La bella durmiente del bosque, Charles Perrault.

La doncella de la princesa estaba perpleja. No comprendía su absurdo proceder.
_ Mi señora, ¿cómo es posible que después de todo el mal que le ha hecho, recurra a ella?
_ Es la única que puede me puede ayudar _ respondió con seguridad.
_ ¿Por qué no las otras hadas? _ insistió intentando hacerla cambiar de actitud.
_ Porque son pusilánimes. Piensan que con un simple toque de su varita mágica mi problema se solucionará, y eso es imposible. La magia no cambia el corazón de las personas. Cuando el veneno está instalado en el alma, sólo hay una manera de extraerlo.
_ ¿Cuál? _ preguntó temiendo la respuesta.
_ Con la muerte.
Aurora, bajó las suntuosas escaleras de mármol del palacio, con la gracia de una ninfa y la elegancia de una sílfide. Sus movimientos cadenciosos, atrajeron las miradas de todos los invitados del banquete. Al pie de la escalinata la esperaba su esposo, el príncipe Arturo, aquel que la despertara con un romántico beso, rompiendo el hechizo de la malvada bruja.
El se inclinó sobre ella y le susurró algunas palabras al oído. Ella se sonrojó y esbozó una tímida sonrisa.
Caminaron majestuosamente tomados de la mano hasta su lugar de privilegio en la larga mesa colmada de manjares.
Arturo se mostró afectuoso durante todo el festín. Ella aceptaba sumisa todas sus caricias, se la veía deliciosamente bella y parecía disfrutar de las atenciones de su marido.
Las damas de la corte envidiaban el amor que el príncipe le prodigaba. Todas codiciaban el lugar que la vida le había regalado a la princesa.
Luego del acto de malabares ofrecido por los bufones, Aurora amagó con retirarse; pero la mirada ceñuda de Arturo la hizo desistir.
Bien entrada la noche, ya en la alcoba, Arturo le reprochó con dureza su comportamiento falto de interés delante de los invitados.
_ Estoy harto de ti, de tu semblante que simula inocencia cuando te la pasas sonriendo a los hombres que te rodean como perros hambrientos. ¡Puta!, eso es lo que eres una ¡puta!Te advertí al bajar de las escaleras que no te comportaras como una banal coqueta, pero nunca me haces caso, y ¡ahora tendrás tu castigo!
La abofeteó con ferocidad partiéndole el labio superior. Aurora no se defendió, permaneció serena planeando su venganza. La actitud sumisa lo exasperó aún más, la zamarreó con fuerza, la arrojó con desprecio sobre la alfombra y la pateó dos veces en las costillas. Ellas apenas gritó, no lloró...sólo pensaba en su venganza.
_ ¡Maldita zorra! _ le gritó con desdén y petulancia.
La levantó de los cabellos y la arrojó en la cama. Desgarró con salvajismo brocados y puntillas, exponiendo la piel satinada salpicada de horribles moretones. La violó, la humilló. Una vez saciado, se marchó dejándola destruida, pero decidida a cobrarse revancha.
Se durmió repitiendo, "Mañana...mañana".
En los albores del día siguiente sintió las manos frías de Arturo recorriendo su cuerpo maltrecho.
_ Perdona, por favor perdona. Te prometo que no volverá a suceder. La culpa es del vino que me enloquece... Te amo.
Ella asintió y le acarició el rostro disimulando ternura.
_ Gracias, mi amor. Descansa, yo iré de caza, regresaré en tres días.
El corazón de Aurora dio un brinco de felicidad. ¡Libre, por un tiempo corto, pero libre al fin!
Espero impaciente que se fuera. Sabía que los guardias la vigilaban por orden de él, sin embargo, ella siempre se apañaba para confundirlos.
Con la complicidad de su fiel sirvienta, aprovechó las sombras de la noche para escabullirse disfrazada de campesina.
No le costó encontrar el camino oculto que la llevaría hasta la choza de la bruja, lo conocía muy bien.
_ ¿Qué haces aquí?, ¿ qué quieres? _ arremetió la vieja de mal humor.
_ Necesito tu ayuda _ le dijo con humildad.
_ ¡Tú!, ¿mi ayuda?, no me hagas reír. La princesa omnipotente,  ¿pretende el auxilio de una bruja exiliada en la oscuridad del olvido? _ estalló resentida.
_ Sí, eres la única que puede salvarme.
_ No lo soportas, ¿verdad?
_ No...pero....¿cómo lo sabes?_ se sorprendió.
_ Yo lo sé todo, puede que cientos de años dobleguen mi espalda, pero mi mente permanece lúcida y más poderosa que cuando te sentencié a morir.
_ Dame un veneno que termine con su vida.
_ Un veneno que no deje huellas, que no levante sospechas entre sus médicos...
_ Que lo haga retorcer de dolor, que sufra todo cuánto me hace sufrir y más, que pague el tremendo daño que me ha hecho.
La bruja, frotándose las manos y con paso lento, se dirigió hacia una biblioteca desvencijada de la que tomó un libro encuadernado en cuero.
_ Mira princesa, aquí dentro está la respuesta a tus sombríos deseos._ le guiñó un ojo con picardía tétrica_ En el "Magioe Naturalis" se detalla el arte del envenenamiento. Siéntate, ponte cómoda, vamos a elegir el veneno más efectivo para cometer el homicidio.
Ambas se acomodaron alrededor de una mesa en la que ardían cinco velas.
_ El "Veninum Lipinum" es una combinación de acónito, tejo común, óxido de calcio, almendras amargas y vidrio en polvo mezclado con miel. El resultado final es una píldora del tamaño de una nuez...Hummm, me parece muy complicado para hacérsela ingerir...A ver, a ver.._ la bruja hojeaba el libro entusiasmada _ ¡Acá está!...¡este es el veneno perfecto!, "la Cantarella". Es inodoro, incoloro e insípido. Se obtiene mezclando arsénico con las vísceras de cerdo secas. Su apariencia es la de un polvo blanco parecido al azúcar. Es muy tóxico, provoca la muerte tras atroces tormentos, en veinticuatro horas. ¿Es de tu agrado?
_ Es perfecto _ aplaudió.
La bruja se levantó con dificultad de su silla. Se perdió en un rincón oscuro y reapareció con una cajita de oro en sus manos nervudas.
- Aquí lo tienes _ dijo triunfal.
Pero cuando Aurora extendió los brazos para aceptar el preciado tesoro, la bruja lo retuvo y mirándola con ojos fieros y penetrantes le dijo
_ Todo tiene su precio, princesita.
_ Te daré todo cuanto me pidas _ le aseguró anhelando tener en su poder el veneno, llave de su libertad.
_ ¡Excelente! Quiero a tu primogénito
_ Pero si no tengo hijos, además, le daré el veneno inmediatamente, no quiero esperar...
_ Querida, ¡ya estas embarazada!
Aurora se quedó helada ante el anuncio, ¡un hijo de ese ser repulsivo! No lo dudó.
_ Trato hecho.
A su regreso Arturo ofreció un banquete para festejar el buen resultado de la cacería. El enorme jabalí asado fue el plato principal, acompañado de perdices con salsa de mostaza, gallinas a las hierbas, coles, pavos reales con apio, capones al mosto y pichones estofados. Todo regado con un excelente vino tinto aromatizado con especias.
Aurora permanecía muy quieta y en silencio junto a su marido, mientras éste bebía y conversaba animadanente con los demás comensales.
Antes del servicio de los postres, un grupo de trovadores amenizó con sus canciones románticas. Aurora aprovechó ese momento de distracción para introducir el veneno en la copa de vino de su marido. Volvió a respirar cuando Arturo, de un solo trago, vació el copón de plata. "Listo", pensó aliviada. Le fue imposible disimular su felicidad, el príncipe lo notó enseguida.
_ Por fin sonríes, querida. Espero ser yo la causa de tu felicidad _ le dijo en un tono amenazante.
_ Tú y sólo tú, mi amor _ le respondió con dulzura.
Esa madrugada la despertaron los gritos atroces de Arturo. Preso de convulsiones, apenas podía respirar. La miró con desesperación, pidiendo auxilio. Ella se limitó a sonreírle y con serenidad se apartó de su lado.
Cuando estuvo segura que había muerto, salió enloquecida por los amplios pasillos del palacio, llamando a los médicos.
Si éstos sospecharon envenenamiento, no lo aseveraron. Se limitaron a confirmar muerte por causas naturales. Era bien sabido la adicción del príncipe al opio, era menester mantener las apariencias y silenciar sospechas y rumores malintencionados.
Muchas noches después, la bruja se presentó en la corte causando gran escándalo. Los guardias intentaron echarla, pero Aurora lo impidió.
_ De ahora en adelante esta gran pitonisa tiene acceso libre por las instalaciones reales. Será mi consejera _ afirmó con solemnidad.
Los presentes en el salón de armas quedaron petrificados. Todos conocían la historia que unía a la princesa Aurora con la Bruja. Nadie la contradijo puesto que era amada y respetada por su bondad y generosidad.
Además, desde la muerte del príncipe, un tiempo de bonanza bendijo el reino gracias a la sabiduría de Aurora.
Sin embargo, una sombra empañaba su alegría. A medida que su embarazo avanzaba, el lazo afectivo con el pequeño que se gestaba en sus entrañas se iba estrechando, afianzando. La Bruja no lo apartaría de ella, ¿como haría para engañarla?, no tenía idea.
"Por años fui una maestra de la simulación y del engaño, ya planearé una argucia para burlar el maldito pacto. Estoy segura que lo lograré, ninguna bruja me despojará de mi hijo".
¿Qué sucedió? Eso ya es otra historia...




miércoles, 16 de diciembre de 2015

CORAZON DE PLATA

Huang, Emperador de la dinastía Shang, se paseaba nervioso por la gran sala de conferencias de su palacio. Había concluido hacía instantes la reunión con los mandarines, sus asesores, y no estaba satisfecho con el resultado, estaba enfurecido.
"¿Quiénes se creen, con qué autoridad van a presionarme sobre este delicado tema? Los asuntos amorosos de mi hija los resuelvo yo, ¡únicamente yo!", murmuró mal humorado.
Los Mandarines se habían retirado consternados, temiendo alguna represalia de parte del Emperador.
Bien conocían su carácter salvaje y arbitrario. Cuando los consejos tomaban un rumbo distinto a sus deseos, se negaba rotundamente a tomarlos en cuenta. Así reaccionó cuando ordenó la quema de cientos de pergaminos que no se ajustaban a su modelo social : respeto al Emperador, a los ancianos y a los padres; conducta honrada, estudio y serenidad. Principios que convenían a su gobierno y que eran transmitidos al pueblo como valores morales. Toda revuelta popular era reprimida cruelmente. El pueblo sufría hambre mientras los impuestos aumentaban. "Renunciar a todo deseo para alcanzar la felicidad", era el lema del Emperador, hijo del Cielo. Claro que los demás debían renunciar, él no.
El Emperador tenía una espina clavada en el corazón, su hija Maylin, bella como la luna y dueña de unos cautivantes ojos verdes, color extraño para esa raza, que lo encendían cada vez que se posaban en él.
La amaba de una manera incestuosa, aberrante, y no permitiría que ningún hombre, excepto él, osara rozar la pálida piel de su hija.
Esa fue la discusión que había mantenido con sus Consejeros. Ellos lo instaban a concretar el compromiso matrimonial de Maylin con el príncipe Ryu. La alianza con el reino vecino era imperiosa. Debían aunar fuerzas para aniquilar a los guerreros mongoles que invadían permanentemente los valles arroceros matando sin piedad a los campesinos y aumentar la vigilancia a lo largo de la ruta de la Seda., en donde las caravanas eran víctimas de violentos asaltos.
El Emperador Huang, mantenía a su hija encerrada en un amplio aposento en la parte posterior del palacio. Las paredes de la habitación estaban forradas con paneles de plata repujada, todo allí era de plata: el gran espejo, sus peines y hebillas, el respaldo de la enorme cama,  la jarra y las copas donde bebía agua fresca, la colcha y las sábanas estaban bordadas con hilos de plata...ella era la joya de su padre prisionera en un cofre de plata.
Finalmente el Emperador tuvo que transigir al pedido de los Mandarines. La situación política se volvió insostenible ante una nueva complicación : el avance de los hunos en la parte norte del país.
Se organizó un festín para agasajar al príncipe Ryu y su comitiva.
Myling ,sentada junto a su padre, deslumbró al príncipe. Ella, por su parte, lo observaba con timidez, anhelando que la rescatara de las garras de su despótico padre.
Al Emperador esa situación lo fastidiaba sobremanera, pero no tenía opción, debía fortalecer su ejército con la ayuda de Ryu, sin embargo ya había tramado un plan para salir airoso de la encrucijada en que estaba situado.
Luego del magnífico banquete disfrutaron de una representación teatral. Todos los actores completamente maquillados, con una orquesta que acompañaba sus danzas, simulaban ser marinos que caían bajo el hechizo del canto de las sirenas. Al finalizar, los espectadores aplaudieron complacidos.
Huang, tomó entonces la palabra. Un silencio perturbador se adueñó del lugar. Todos estaban expectantes del voluble Emperador.
_ Príncipe Ryu, soy muy feliz de concederte la mano de mi hija Mylin, mi gran tesoro.
Los mandarines y los demás funcionarios respiraron aliviados.
_ Para mí es un gran honor, juro que la cuidaré y respetaré... comenzó a decir Ryu cuando de pronto el Emperador lo interrumpió.
_ Pero antes de que se formalice el compromiso, es necesario que pases por una prueba que me demuestre que eres el hombre indicado para mi preciosa Maylin. _ expresó mostrando una sonrisa siniestra.
_ ¿Una prueba?, ¿cuál prueba? _ preguntó perplejo.
_ La obra teatral que acabamos de presenciar fue un adelanto de mi petición. Deberás regalar a Maylin la exquisita tela, bella, ligera y transparente, que tejen las sirenas para confeccionar su vestido de novia.
Los invitados reunidos en el iluminado salón, lo miraron asombrados por la tan absurda petición.
_ Pero las sirenas no existen...es sólo una leyenda..._ dijo desorientado el príncipe.
_ Estás equivocado, las sirenas sí existen. Viven ocultas de la mirada humana en las profundidades del Mar Amarillo. Allí deberás dirigirte si deseas ser el dueño del corazón de mi hija, claro._ declaró con ironía.
_ Mañana mismo parto con mi tripulación. Encontraré el escondite de las sirenas y regresaré con el preciado presente para mi prometida. Soy Ryu, el dragón, nada es imposible para mí.
Un aplauso espontáneo estalló en la sala disgustando al Emperador que simuló satisfacción.
_ El trato matrimonial se concretará el día que regreses con el preciado tesoro. Ese día el corazón de mi hija será tuyo. ¿Aceptas?
_ Acepto
_ Todos son testigos de este pacto. Yo, Huang, emperador de la dinastía Shang,  entregaré el corazón de mi hija al príncipe Ryu a cambio de sus ejércitos.
Ambos estrecharon sus manos sellando la alianza. Maylin, comprendiendo las palabras de su padre, lloró en silencio.
Larga y tediosa fue la travesía. Dos jornadas completas pasaron sin avistar sirena alguna.
Ryu estaba angustiado y desilusionado ¿Qué se proponía el Emperador lanzándolo a esa quimera? Nada tenía sentido. En realidad el único que salía perdiendo era el mismísimo Emperador, aunque..."Amo a Mylin, la deseo, será mía con o sin sirenas. Al dragón nadie lo acorrala".
Al cuarto día algo extraño ocurrió. El vigía dio la voz de alerta, las claras aguas se volvían de un verde intenso. Una tupida alfombra de algas cubría el océano.
Ryu se entusiasmó, esa era la señal que aguardaba. Las sirenas estaban cerca. Ordenó a los marineros que se taparan los oídos para preservarlos del canto traicionero.
Pasaron apenas unos minutos cuando tres de ellas asomaron su cabeza a babor dejando su cola escamosa oculta en las profundidades del mar.
_ Navegante, ¿por qué interrumpes nuestro descanso?_ dijeron al unísono ofendidas al ver que su canto no surtía efecto en ellos.
_ Soy el Príncipe Ryu
_ ¿El dragón? _ el miedo apareció en sus semblantes.
_ El mismo, y vengo a hacerles una petición. Mi destino depende de ello.
_ Tu pedido es una orden para nosotras. Sabes que somos leales súbditas del dragón.
_ Para conseguir el corazón de mi amada debo llevarle como presente de bodas el género que ustedes realizan con sublime maestría.
Una de ellas se zambulló entre las algas y al instante regresó con un género tan delicado y fino, como plata derretida. Ryu, agradecido, las obsequió con peines de oro. Ellas los aceptaron felices.
Ryu se presentó delante del Emperador con el pecho henchido de orgullo y emoción, había cumplido la escabrosa e insólita misión.
_ Emperador Huang, aquí está la preciada tela para el vestido de novia de mi prometida. Pongo a mis ejércitos bajo tus órdenes.  _ diciendo esto la desplegó a los pies del Emperador que lo miraba atónito.
_ Ya me habían comunicado mis consejeros de tu hazaña. Sólo me resta a mí cumplir con mi parte del trato.
Hizo una señal y uno de sus sirvientes se acercó con una cofre de plata.
_ Te entrego el corazón de mi hija.
El príncipe, confundido, abrió la caja y horrorizado encontró entre terciopelos un corazón, el corazón de Mylin.
Interrogó con la mirada a los Mandarines, que avergonzados por la deshonrosa conducta del Emperador, inclinaron la cabeza confirmando el atroz crimen.
Para asombro de todos, el príncipe mutó de hombre a dragón. Con furia vomitó una bocanada de fuego que incineró en un tris al Emperador, a los Mandarines, y a todos los presentes, menos a sus hombres que no se veían sorprendidos.
"Soy Ryu, el dragón, y al dragón nadie lo acorrala"_ rugió.

ROSA, LA ATREVIDA

Buenos Aires, 1940
El reloj de la estación ferroviaria del pueblo marcó las seis de una mañana despejada y calurosa. Familias enteras se reunieron en el andén para despedir a los familiares que partían hacia Buenos Aires, destino soñado para los habitantes del interior del país.
Una señora gorda y rubicunda junto a dos muchachitas delgadas y pecosas, agitaban a modo de despedida pañuelos blancos. Las tres lagrimeaban. Rosa, la mayor de sus hijas se marchaba a la Capital detrás de una ilusión : triunfar.
La noche anterior mientras tomaban mate cocido con tortas fritas, la madre le daba las últimas recomendaciones a su hija.
_ Rosa, la verdá', no me gusta nada este viaje tuyo.
_ Máma, lo discutimos mil veces. No voy a cambiar de parecer, además ya compré el pasaje. Mañana me voy pa' la Capital.
La madre frunció el ceño, era imposible discutir con Rosa, ella siempre se salía con la suya.
_ No me ponga esa cara máma. Lo hago por las tres. Si consigo un buen trabajo, ustedes también podrán viajar pa' Buenos Aires. ¡Va a ver que bien nos va ir!, confío en que la virgencita nos va a ayudar a salir de esta miseria.
_ No seas desagradecida, pa' comer nunca nos faltó.
_ Máma, estoy segura que existe otra forma de vida, una vida en la que además de trabajar, se pueda disfrutar. ¡Quiero divertirme máma! Conocer nuevos lugares, nuevas gentes. Quiero una oportunidad para progresar, para ser feliz. Me cansé de trabajar como una burra para los terratenientes, siempre nos roban , se aprovechan de nuestra ignorancia. Me cansé de verla lavar y planchar por unos míseros centavos. Quiero que mis hermanas estudien, que lleguen alto en la vida.
_ Sé que buscás nuestro bien, pero tengo tanto miedo... allá sola, sin nadie que te cuide. ¡Ay hijita! _ se derrumbó en un llanto amargo.
_ Por favor, no llore. Soy muy fuerte y sé cuidarme. 
Las cuatro se fundieron en un abrazo intenso, cálido. Nunca se habían sentido tan unidas.
El sonido agudo del silbato anunció la salida del tren. Con medio cuerpo fuera de la ventanilla, Rosa, les gritó:
_ Ni bien llegué y esté instalada la llamó al teléfono del almacén de don Pancho. ¿Escuchó máma?
_ Sí hijita,si. Te quiero.
Fue lo último que comprendió, las otras palabras no alcanzó a escucharlas debido al chillido de las ruedas de los vagones sobre los rieles.
La locomotora inició la marcha flameando al viento su estandarte de humo. 
Rosa estaba conmovida, ella, una pobre campesina estaba a punto de iniciar una aventura mágica, de ensueño.
Mientras el tren corría atravesando campos, sembradíos y bosques, Rosa pensaba:
"Es maravilloso lo que estoy viviendo. Yo, la Rosa, la más pobre de todas mis amigas, me estoy yendo pa' Buenos Aires. El traqueteo del tren me da sueño, pero no quiero dormir, quiero disfrutar del paisaje, de esta sensación de libertad.
La máma se quedó triste, me da pena hacerla sufrir, pero ni loca me quedaba en ese pueblo de hipócritas y avaros. Quiero conocer la capital y nadie me lo va a impedir. Voy a trabajar para el progreso de mi familia y voy a luchar con todas mis fuerzas para conseguirlo.
Voy a juntar mucha plata para comprar una casita con muchas habitaciones, ¡basta de vivir amontonados!. Ojalá tenga también un patio enorme para organizar bailes con las amigas porteñas que seguro voy a conocer. Eso sí, voy a tratar de no robarles el novio como lo hacía en el pueblo, no quiero líos, bastantes tuve ya. Pero que le voy a hacer, ¡me divierte hacerlo!, no tengo la culpa de ser tan, tan, seductora.
¡Cómo se mueve este tren! Entre los nervios que tengo y el ruido que me hacen las tripas del hambre, no puedo pegar un ojo. ¿Cuánto faltará pa' llegar?
¿Será verdad que los porteños se burlan de los provincianos?  Nos dicen cabecita negra. ¡Desgraciados! Poco me importa como me llamen, tengo la suficiente fiereza para enfrentarlos. ¡Nunca más alguien me pone un pie encima! Hoy, llegando a la estación Constitución, lo juro por lo más sagrado que tengo, mi familia".
Al llegar fue recibida por ruidos ensordecedores,  cientos de saludos, un repugnante olor a frito y los gritos de los vendedores ambulantes anunciando sus productos. Un oleaje de personas la mareó y la entusiasmó por igual. ¡La Capital!, por fin la Capital.
Rosa no podía apartar su mirada de las mujeres. Nunca había visto semejante despliegue de elegancia...vestidos deslumbrantes, sombreros de todo tamaño y color, zapatos con tacones, guantes y carteras. "Algún día me vestiré como estas señoras", se prometió.
Los ojos de Rosa revoloteaban en todas direcciones, tratando de digerir el asombroso espectáculo que la rodeaba : taxis, colectivos de estridentes colores, tranvías, autos, y personas, miles de personas empujándose, corriendo, charlando, tomando café en los bares.
Preguntó y preguntó hasta que finalmente dio con el colectivo que la llevaría hasta La Boca, barrio de conventillos y de inmigrantes.
Un guarda, calvo y gordo, le entregó el boleto y se sentó al lado de la ventanilla. Acomodó como pudo sus dos bolsones para permitir el paso de los demás pasajeros que la miraban de reojo. Cuando al fin subieron todos, el guarda hizo sonar una campanilla y el conductor partió raudamente.
"¡Este loco nos va a matar!", exclamó asustada por la gran velocidad. Todos la miraron con sorna y se rieron de su exabrupto.
Rosa, sonrojada, pero sin amedrentarse, enfrentó con furia a un hombre que la fulminaba con desprecio.
_¿Y usted de que se ríe don?
El caballero inmediatamente desvió la vista. "Cabecita Negra tenía que ser", expresó indignado a su acompañante.
Al llegar a La Boca, descendió aliviada del colectivo. Caminó con paso vivaz buscando el hospedaje que le habían recomendado en el pueblo.
Un conventillo pintado de brillantes verdes, naranjas y amarillos le dio la bienvenida.
Cuando traspuso el portón una multitud de personas se silenciaron para observarla con curiosidad. Un grupo de hombres tomaba mate en un rincón del amplio patio de baldosas azules, muchas de ellas agrietadas; una anciana encorvada, regaba unas macetas rebosantes de malvones; una joven pelirroja de rostro demacrado, planchaba un pilón de ropa mientras dos bribonzuelos le tironeaban la falda reclamando su atención
Unas niñas en ronda entonaban una canción que le sonó extraña: "En la calle 24 hubo un asesinato, una vieja mato un gato con la punta del zapato. Pobre vieja, pobre gato, pobre punta del zapato".
Rosa, parada en medio del patio, aspiró profundamente. "De ahora en más este será mi hogar. Hoy comienza para mí una nueva vida. Si tengo que luchar, lucharé. Si tengo que llorar, lloraré. Pero nunca, ¡jamás!, me daré por vencida. Es la vida que elijo y pienso disfrutarla".

lunes, 14 de diciembre de 2015

CONSUELO, LA REBELDE

Buenos Aires, 1920
La joven entró sigilosa a una habitación que por años permaneció cerrada, el dormitorio de su madre. Mucho le costó convencer a la vieja cocinera que le diera la llave. Su abuelo le tenía terminantemente prohibido husmear por allí. Sin embargo ella quería saber algo más de su madre; no se contentaba con la foto que adornaba el inmenso piano de cola de la sala. Eso no era suficiente, ni tampoco la anodina historia que desde niña venían contándole; había algo más que nadie se atrevía a contar y ella estaba decidida a averiguar.
Al abrir la puerta, una aroma parecido al ámbar le dio la bienvenida. Era la fragancia predilecta de Consuelo, su madre; su abuela se lo había confiado un día en que estaban solas. Delante del abuelo estaba prohibido nombrarla. Otro enigma que debía resolver.
Corrió las cortinas de lino y el sol, atrevido, iluminó cada rincón.
Se detuvo frente a un mueble que parecía un tocador. Era bellísimo. De a uno fue abriendo los cajones, seis en total. Los dos primeros estaban llenos de hilos de bordar; verdes, amarillos, azules, rojos, saltaron agradecidos de su encierro. En otro, halló telas bordadas con una maestría y delicadeza que la estremeció.
Lo que descubrió en último cajón la impactó, ¡un libro prohibido!. Lo hojeó curiosa, leyó rápidamente el argumento. "El pozo de la soledad", de Radclyffe Hall... así que dos mujeres pueden besarse en la boca. No se escandalizó, se asombró que fuera la lectura de su madre y le agradó que fuera una mujer que rompiera las reglas, sobre todo las ridículas reglas de su abuelo. ¡Como las detestaba!" Las señoritas como tú, que pertenecen a la aristocracia, deben evitar los groseros resultados de la mezcolanza e indisciplina cosmopolita. Los hombres tenemos nuestro club y las mujeres su casa, donde en amables reuniones, pasan las horas de solaz, especialmente las del té, al abrigo del mal gusto de la multitud callejera que no sabe de refinamientos ni cultura y bla, bla, bla" . Odiaba a su abuelo cuando le daba esos aburridos sermones, "Y a mi madre parece que también", sonrió satisfecha.
Al cerrar el libro, un sobre amarillento cayó al piso. Con una caligrafía delicada decía Para Lourdes. "Para mí?",se extrañó. Lo abrió de prisa, ¡una carta de su madre para ella!, ¡que emoción!.
"Querida hijita:
                          Desde el primer instante que te sentí dentro mío supe con certeza que eras una niña. Te imagino con un cabello muy rubio, ensortijado y rebelde, como el mío. ¡Cómo te va a costar peinarlo!, pobrecita mía. Y tus ojos...de un azul intenso, abismal, como los de tu padre.
Siento tu corazoncito latir dentro de mis entrañas y me estremezco de amor. En este momento nada importa, ni el rechazo de tu padre ni la furia de tu abuelo ni el escándalo que explotó por mi desvergüenza. Imagínate, enamorarme de un hombre casado y ser su amante. De nada me arrepiento, si lo que hice fue pecado, te aseguro, fui muy feliz cometiéndolo.
Y más feliz aún, cuando supe de mi embarazo. Tu padre no pudo romper con su mujer, que según él estaba muy enferma y no podía abandonarla; y tu abuelo, al enterarse de todo, me echó de casa sin clemencia. ¡ El y sus normas de moral! ¡Maldita sociedad hipócrita y pacata!.
Sufro por mamá, sé que me quiere, pero mi padre la atemoriza. No pudo defenderme, pero a pesar de todo me trajo a un lugar seguro para tenerte. Así que acá estoy, en el Convento de las Catalinas.
Mi tía Carmen, la priora, apenas repara en mí. Es una mujer agria y soberbia que de sierva de Dios no tiene absolutamente nada. Nunca pregunta por mi. Nunca me sonríe, hasta en eso es mezquina. Mamá la detesta y con razón, ¡vieja resentida!
Sin embargo, Dios es bondadoso y me envió un ángel para que cuidara de nosotras, Tina, una monjita con la que comparto la celda. Conversamos, reímos; está prohibido, por supuesto, pero a nosotras no nos interesa.
Pocas veces salgo de mi celda. Allí me siento segura. Si lo hago es para tomar mis comidas en el refectorio. Esos momentos son por demás lúgubres. Comemos en silencio que sólo se rompe por las lecturas de la Biblia que una monja  realiza desde el púlpito.
Disfruto pasear por el patio en las tardes soleadas y cálidas, y sentarme cerca de la  fuente que engalana el jardín colmado de flores.
Las monjas pasan delante de mí sin mirarme, la pecadora no existe para ellas. Todas rezando, meditando. Ellas tienen a su Dios y yo te tengo a ti, la razón de mi vida. 
Cuando estoy triste, pongo las manos sobre el vientre y al sentir tus pataditas, todos los nubarrones desaparecen. Cuanto me gustaría compartir estos momentos con tu padre. Ojalá el destino permita que algún día lo conozcas. Por favor, no lo juzgues. Es un hombre débil , estoy segura que me ama. Yo ya lo perdoné.
Hoy recibí una nota de mi madre. Me cuenta que mi padre no está bien de salud. ¡Que disgusto le he dado!. Es un gran hombre, serio, responsable, honrado, pero incapaz de perdonar. El y sus escrúpulos...Me duele su actitud severa y fría. Al principio lo odié y deseé su muerte, ahora me arrepiento de esos oscuros sentimientos.
La otra tarde, sacando cuentas con mi querida Tina, concluimos que llegarías al mundo a mediados de febrero. El once de ese mes se celebra a la Virgen María bajo la advocación de Nuestra Señora de Lourdes. Estoy enterada porque descubrí la fecha en el breviario de Tina. Lourdes, me gusta ese nombre. Espero que estes de acuerdo con mi elección.
¡Ay, Lourdes, no veo la hora de conocer tu carita, de apretarte contra mi pecho.
Que va a ser de nosotras, no sé. A donde iremos, tampoco. Lo único cierto es que nunca nos van a separar, no lo permitiré. Tina me ayudará;  mamá, también.
¡Qué calor hace! Hoy desperté con una molestia en la cintura y en el bajo vientre. Parece que ya empecé con el trabajo de parto.
Hasta aquí mi crónica de lo que viví en esta prisión, dulce por tu presencia. Quiero que siempre recuerdes que mi vida es tuya y que mi esperanza eres tú.
Defiende tus convicciones, no le concedas a otro decidir por ti; déjate guiar por tus sentimientos y en todo tiempo escucha a tu corazón, él nunca se equivoca.
Siempre estaré contigo protegiéndote y amándote. Con amor, Mamá".
Dos lágrimas cayeron sobre el papel destiñendo la tinta, lágrimas de orgullo por una mujer aguerrida que se enfrentó con valentía a los tabúes de se época, una mujer que no sobrevivió al parto, pero que permaneció en el alma de su hija.
"Te prometo que voy a luchar por lo que quiero sin importar con quien deba enfrentarme. Lo haré por ti".


                                                                                       
                                                                           

RECUERDOS CON SABOR A CARAMELO

No sé si será la edad, el clima o ¡que!, pero esta mañana la nostalgia se apoderó de mi memoria.
Dulces recuerdos, como mariposas de colores,. vuelan a mi alrededor transportándome a mi infancia, hace tantos años ya. Época cálida, mágica, fecunda en fantasías.
Hadas y Princesas eran mis amigas. Brujas y Cucos, mi pesadilla.
Uno de esos Cucos era el famoso "Viejo de la bolsa", fiel aliado de madres desesperadas.
Cada vez que un niño desobedecía o cometía una travesura, ese señor antipático aparecía magistralmente y lo metía dentro de su bolsa de arpillera para no volver jamás. Desaparecía.
Cierta vez pasamos con mi mamá frente a un caserón abandonado, el césped alto, la pintura desconchada, las persianas de las ventanas rotas.
"Ahí vive el viejo de la bolsa", me dijo muy seria.
Yo, de apenas cuatro o cinco años, empecé a temblar y apreté con todas mis fuerzas la mano de mi mamá.
"¡Oh no!, que cerca de mi casa vive", pensé con pánico. A partir de ese momento prometí ser la mejor niña del mundo.
Aún hoy, la casa siniestra está en pie; destruida como en ese entonces, pero presente.
Al pasar delante de ella ya no lloro, ya no temo. Ahora sonrío, recordando la inocencia y el candor de aquella época, que vive y palpita en mi corazón.

























































































































domingo, 13 de diciembre de 2015

EUGENIA, FORTALEZA DE ESPIRITU

"Toda cubierta de sangre
 Aquella infeliz cautiva,
 Tenía dende abajo arriba
 La marca de los lazazos.
 Sus trapos hechos pedazos
 Mostraban la carne viva"  Martín Fierro.

Argentina, enero de 1822
En un camino polvoriento, una carreta  cargada de bienes personales, se desplaza lentamente hacia nuevos horizontes.
Pedro y Eugenia, sentados uno junto al otro en el estrecho pescante, entretejen sueños y planes. Detrás, en una canasta bien protegida, duerme un niño pequeño.
Pedro es maestro y esta es la primera posibilidad que se le da para ejercer su profesión tantas veces postergada.
Con tristeza, pero ilusionados, abandonaron la casa paterna de Eugenia que hasta ese momento los albergó.
Su destino era Santa Magdalena, un pueblito al sur de Córdoba, lindero con las fronteras de Buenos Aires.
Eugenia cierra sus ojos y apoya la cabeza sobre el hombro de su marido y comienza a imaginar su propia casa. Pequeña, de blancas paredes, custodiada por un robusto algarrobo de copa ancha y tupida; un arroyo correría cerca de su hogar, ofreciéndoles su agua fresca. Adormilada por el constante traqueteo, sonrió feliz.
De repente un sonido extraño, rompe la quietud del paisaje. Levanta sobresaltada la cabeza y mira a su alrededor. Pedro, nervioso, toma el trabuco.¿Qué sucede?
Un grito de espanto se le queda atorado en la garganta. Indios. Un malón. Muerte.
Eugenia los ve envueltos en una nube de polvo, salvajes ranqueles montados en sus caballos y armados con boleadoras y lanzas. Intenta tomar en brazos a su pequeño, pero las ruedas saltan y ella cae de la carreta.
Pedro les dispara. La mano le tiembla y el disparo se desvía, sin embargo una lanza enemiga acierta en el corazón del hombre.
María grita, grita hasta convertirse en un alarido intenso. Un golpe seco en la nuca la calla hundiéndose en la oscuridad.
Cuando despierta está cautiva en una toldería. El primer pensamiento es para su marido. "Recé para que mataran a mí también. Pero mi suerte fue peor que la muerte", pensó abatida."Y mi hijito, ¿dónde está mi hijito?".No pregunta por su niño, teme hacerlo, aunque su corazón de madre le asegura que sigue vivo. 
Un ranquel, soberbio y altanero, entra en la vivienda, un toldo de cuero de caballo. Clava su mirada preñada de lascivia en ella y la toma por la fuerza, salvajemente. Ella primero se resiste, pero después se resigna a su destino.
Sus otras mujeres, dos indias y una blanca, prisionera desde niña, la maltratan por celos. Cada vez que Eugenia va la monte a recoger leña, la esperan agazapadas detrás de algún caldén y la golpean con brutalidad. Busca con precaución a su hijo en la toldería, no lo halla. Su alma llora.
Las tareas más pesadas son su responsabilidad. Además de acarrear agua y leña, debe cuidar el ganado soportando el intenso sol del mediodía, en verano o un frío que le cala los huesos, en invierno. La obligan a participar del curtido de cueros, algo asqueroso. Sus manos quedan tan lastimadas, que por un tiempo pierde el sentido del tacto.
En la primavera queda embarazada y a principios del verano aborta naturalmente. Pierde tres embarazos más y su captor la acusa de estar maldita. "Tu vientre escupe mi simiente, Pillén te ha engualichao' ", la desprecia invocando a su dios, espíritu maligno que habita en los volcanes. Nunca más la vuelve a tocar. Por primera vez Eugenia es feliz, no más noches tormentosas en que manos rudas acarician su cuerpo, no más...
Una calurosa mañana, un aullido desgarra el descanso de la toldería anunciando la peste, el azote del cielo, como la llaman los indios.
El cacique, sus capitanejos y la machi (bruja) se reúnen en asamblea. Al concluir la curandera la busca y la abofetea. Inmediatamente comienza a recitar un discurso violento en quechua. Se la culpa por la desgracia que se ha desatado sobre ellos.
La expulsan de la toldería por considerarla hija de Mandinga. La vieja desdentada le lanza una tremenda maldición : "Ikumi ususi sapay urqu saxsay" ( mujer, hija del demonio, que el monte te devore hasta hartarse).
Antes del amanecer, Eugenia abandona la aldea, sin agua, sin alimentos, sin caballo. Es una condena a muerte, pero respira aliviada...¡es libre!
Camina sin descanso, los pies descalzos le sangran; los labios, resecos, agrietados. La garganta se le cierra a causa de la sed.
Por las noches duerme acurrucada, tiritando, debajo de los espinillos.
Alguien la encuentra casi muerta, tendida en el suelo árido y pedregoso. Cree soñar con agua fresca derramándose sobre su boca. ¡No, no es un sueño! Empieza a toser y al espabilarse se encuentra rodeada por rostros que la observan con pena.
"¡Angeles!, aunque un poco feos y sucios para ser ángeles", piensa maravillada. En realidad, no son ángeles, son soldados.
Uno de los oficiales, consternado por su historia, se ofrece a llevarla junto a su padre y ella acepta dichosa.
Su alma clama gozosa: "El calvario ha terminado, mi gran dolor es haberte perdido Pedro, mi adorado Pedro. Por nuestro amor te prometo que surgiré de las cenizas , me haré fuerte y no descansaré hasta encontrar a nuestro hijo. Es una promesa".





sábado, 12 de diciembre de 2015

MARIA ANTONIA, LUCHADORA DE RAZA

Chaco, Argentina. 1912
Dura fue la vida de María Antonia, la mayor de cinco hijos, hijos de distintos padres a los que nunca conocieron.
Desde temprana edad comenzó a trabajar en el campo. Sembró, cosechó, amasó pan y salió a venderlo a los criollos que formaban el pequeño núcleo poblacional mezclado con tolderías tobas.
Apenas cumplió los catorce años cuando se enredó con un italiano de veinte años recién llegado al país.
A él lo enamoró el cuerpo sabroso de María Antonia y su sonrisa franca. La deseó desde el primer momento en que la vio vendiendo desenvuelta su pan casero.
Para ella fue un alivio abandonar el rancho que compartía con su madre y sus hermanos. Hastiada de cargar con tantas responsabilidades creyó que su hombre sería la liberación. Se equivocó.
Al principio todo fue dulzura. Le pareció un sueño ser la dueña absoluta de una casita y sentirse cuidada por primera vez en su vida.
El amor que se tenían fue el puente que salvó el escollo del idioma. Al principio apenas se entendían, pero con el correr del tiempo se comprendieron perfectamente.
A Giovanni, por ser colono europeo, el gobierno le concedió una parcela de tierra de unas treinta hectáreas, los materiales para la construcción de la vivienda, semillas, algunas gallinas, un gallo, una vaca, un caballo y las herramientas necesarias para las tareas rurales.
Levantó el rancho en pocos días y lo acondicionó con lo imprescindible: un fogón, un catre, una mesa y dos sillas. Allí llevó a María Antonia que se sintió como una reina.
Juntos prepararon el terreno con abono para la siembra de avena, maíz y trigo. Destinaron una parte importante de la parcela para el cultivo del algodón.
La salida del sol los sorprendía abriendo surcos con los azadones para luego introducir a mano en los surcos las semillas que habían remojado la noche anterior en agua tibia.
María Antonia, a pesar del pesado trabajo, era feliz y aún más cuando quedó embarazada.
Giovanni recibió la noticia con igual alegría y entusiasmo.
Su primer hijo vino con un pan bajo el brazo, las lluvias beneficiaron sus cultivos y el oficio de herrero de su hombre incrementaba la economía del hogar.
La situación comenzó a empeorar cuando María Antonia le anunció la llegada de un tercer hijo. Los hijos representaban para Giovanni un obstáculo que le impedía progresar.
_ ¡Mujer!, eres una ignorante, ¿acaso tu madre no te explicó como cuidarte?_ le gritó fuera de sí.
_ ¿Cuidarme?, ¿cómo es eso?
_ Como voy a suponer que tu madre te explique si es más ignorante que tú. Te preñas justo en el tiempo de cosecha, ¡madonna santa!. ¿Quién me ayudará? Deberé contratar a alguien, ¡porca miseria!
_ No te enojes, yo te voy a ayudar igual _ le dijo contrita.
_ Mejor que así sea, debes estar agradecida que todos los días me levanto antes del canto del gallo para que nada te falte ni a ti ni las niñas
.
La mujer no le retrucó, prefirió permanecer en silencio para evitar una escena violenta que asustara a las pequeñas.
Ella, a la par de Giovanni, se levantaba al alba para comenzar con los quehaceres domésticos y del campo. Ordeñaba la vaca, amasaba el pan y lo cocinaba en el horno de barro que uno de sus hermanos le construyó junto al rancho, debajo de la parra y cerca del pozo de agua.
Cuando no ayudaba en la siembra o en la cosecha, se dedicaba a cultivar hortalizas en su pequeño huerto, además de cocinar, lavar y planchar con una pesada plancha de hierro a carbón, que le quebraba la espalda.
Las niñas eran su alegría, todo lo hacía por amor a ellas.
A Giovanni, nada de lo que hacía su mujer lo complacía. Siempre estaba disgustado, con el ceño fruncido, buscando pelea.
 Si María Antonia le contestaba mal o no hacía lo que él pretendía, la insultaba, rompía platos o vasos. Luego desparecía por uno o dos días para regresar totalmente ebrio.
Las niñas, durante las trifulcas se ocultaban debajo del catre que compartían, temblando, llorando y tapándose los oídos para no escuchar los gritos de su padre. Por temor a recibir un golpe María Antonia nunca le contestaba. Lo único que hacía era rezar para que se fuera y no volviera jamás.
En los días que estaba sola con sus hijas, respiraba en paz. Ella era consciente que su concubino le era infiel, pero no le importaba.
Cuando Giovanni se perdía, vagabundeaba por las tolderías acostándose con las indias. Por la noche regresaba al pueblo, buscaba un boliche y se dedicaba a beber vino, ginebra o caña hasta desmayarse.
Algunas veces, sus paisanos lo llevaban en andas hasta su casa, otras llegaba arrastrándose, sucio de barro y vómito.
Antonia lo acostaba y lo lavaba, y él ni se daba cuenta.
La vida se tornó asfixiante, la muchacha soñaba con huir, ¿pero a dónde con dos niñas y un bebé?
"Hay veces que quiero matarlo, hasta pensé en el veneno para ratas que tengo escondido en el galpón. ¡Que Dios me perdone, pero no lo aguanto más!". Una tarde se lo confesó a su hermana Celina.
"Matalo, pué, matalo", la alentó.
"No lo hago por mis hijos. Si se descubre que fui yo que sería de ellos", se convencía.
Giovanni abandonó su oficio de herrero. Después de trabajar en el campo, se tiraba en el catre y dormía
hasta bien entrada la noche, momento en que se despertaba de mal humor, vaciaba dos litros de vino de pésima calidad y dando un portazo desaparecía.
El desinterés se fue apoderando de Giovanni. Se consideraba un fracasado, todos sus anhelos convertidos en un gran fiasco.
De a poco vendió las tierras a escondidas de Antonia. Su propósito, volver a Italia. Un nuevo embarazo precipitó su decisión.
_ Quiero que te deshagas de ese crío, es imposible que nazca.
_ ¡Ni loca lo hago!
_ ¡Entonces me voy y esta vez para siempre!
Fue hasta el dormitorio, en una valija de cuero cuarteado metió su poca ropa y el dinero que tenía oculto en un agujero camuflado en la pared. Sin decir palabra ni dirigir una mirada de cariño a sus hijos, Giovanni salió de la vida de María Antonia dando un portazo que hizo temblar las paredes del rancho. Antonia suspiró aliviada.
Al poco tiempo tuvo una sorpresa. Un desconocido se presentó junto al comisario con unos documentos que certificaban la compra de los terrenos sembrados, listos para la cosecha.
La mujer, derrumbada, no opuso resistencia. Sólo le quedó el rancho y la huerta, "con eso me basta y me sobra", pensó agradecida.
A pesar de su embarazo, tenía tres niños que alimentar y necesitaba trabajar. En esas circuntancias conoció al patrón de una estancia cercana en el almacén de ramos generales. No dudó en pedirle trabajo como cosechadora, sabía que estaban contratando gente, cosechadores golondrina, los llamaban.
_ Esta bien señora, pero no piense que por estar preñada tendré consideraciones. La paga será de acuerdo a lo que logre cosechar.
Así obtuvo la changa. Cosechó con denuedo. No sólo soportó el peso del bolsón de lona que contenía los capullos de algodón que recolectaba, sino el peso de su prominente vientre.
Al atardecer, luego de pesar la cosecha por la que le daban centavos, emprendía el regreso a pie a su casa, allí la esperaban sus hijos. Sufría cada mañana por dejarlos solos, pero no tenía opción, le urgía disponer de dinero. Pronto nacería su bebé.
Cumplidas las nueve lunas, sintió un calambre que le atravesó el vientre. Contuvo el grito para no asustar a los niños que dormían en la misma habitación que ella.
Una nueva contracción la desgarró y esa vez le fue imposible silenciar el rugido que le brotó de las entrañas.
Así, en una noche estrellada, Antonia tuvo a su niña, un puñadito de carne rosada que berreaba con la misma fuerza que lo hacían los corderitos que tenían en el corral.
Cortó el cordón umbilical como se lo había visto hacer a la comadrona del pueblo que esa primavera había muerto de unas fiebres extrañas.
Con la ayuda de su hija mayor, bañó a la pequeña en un fuentón de agua tibia y la envolvió en una manta de lana descolorida.
Se le prendió al pecho con avidez. Sus tres hermanitos la observaban curiosos. Maria Antonia sonrió complacida. Con devoción, elevó una plegaria a la Virgen del Perpetuo Socorro, patrona de Charata, su pueblo: "Virgencita, que podamos salir adelante"
"Mamita, ¡que linda es!,¿cómo se va a llamar?", le preguntó emocionado su hijo menor.
" Alma, ¿te gusta?"
"Si, mamita, me gusta muy mucho".
Una nueva vida se inició para esta mujer luchadora; una vida de trabajo y sacrificio, pero dueña de un tesoro inmenso, el amor de sus hijos.







LAGRIMAS, SANGRE DEL ALMA

Cuenta una antigua historia, que en un pueblito pesquero encallado sobre las márgenes del Mar Mediterráneo, vivía Donato, un joven con el corazón destrozado por la vil traición de su prometida. Desde entonces se juró no volver a confiar en ninguna mujer.
El muchacho jovial y honesto, se volvió taciturno y huraño. Gozaba de las mujeres y luego las desechaba sin contemplaciones. Su estampa lo beneficiaba, todas suspiraban por el joven moreno que las hechizaba con sus penetrantes ojos verdes. Competían por ser merecedoras de su galanteo, aún conociendo su crueldad.
Una noche, con algunas copas demás, Donato y sus amigos, terminaron la juerga en un campamento gitano que se había establecido en las afueras del pueblo.
Alrededor de una fogata bailaba una muchacha al ritmo de un brioso chardas. El violín acompañaba sus movimientos cadenciosos y sensuales, incrementando la libido de los hombres que la observaban pasmados.
Con el vuelo de su colorida y vaporosa pollera, rozó con atrevimiento el rostro de Donato. Luego se inclinó
sobre él enseñando su generoso escote. Los demás espectadores silbaron excitados por el espectáculo. Ella, con donaire, lo tomó de la mano y lo condujo hasta un carromato en medio de aplausos y carcajadas.
Donato amaneció en su casa. Cómo había llegado allí, no lo recordaba. Sólo recordaba la tibieza de un cuerpo que lo enloqueció y unos besos brujos que lo enajenaron.
Al anochecer, la visita de la gitana lo sorprendió. "Si ella desea continuar con el juego, ¿quién soy yo para impedirlo?", pensó divertido. Pero la diversión pronto se desvaneció. En los albores de la mañana, Donato, ya aburrido del cuerpo voluptuoso de su compañera la despidió, primero con gentileza, pero como la gitana se negó llorando y suplicando, de un brazo la arrojó de su casa.
Cargada de odio, frustración e impotencia, lo maldijo:
"Sufrirás malparido por lo que me has hecho padecer a mí y a todas las mujeres que han pasado por tu miserable vida.
Que las lágrimas se encaprichen dentro de tus ojos y aunque el dolor te acongoje, no quieran caer.
Que el corazón se te ensanche, que lo sientas crecer dentro de tu pecho, y no tengas más remedio que amar, y cuando el amor verdadero despierte tu corazón de piedra, se te sea negado hasta que la sangre de tu alma lave esta maldición".
Con la satisfacción de la venganza, dio media vuelta y desapareció por una calle retorcida, atiborrada de puertas, pasadizos y pequeñas terrazas.
Pasados algunos días, el sabor amargo de la maldición ponzoñosa como picadura de serpiente, pasó al olvido. Donato siguió con su vida displicente, sin temor ni remordimiento.
Un amanecer, luego de pescar durante toda la noche, Donato volvía del puerto destruido por el cansancio. Lo único que deseaba era una taza de café caliente.
La vi justo al doblar una esquina, debajo de un balcón engalanado de petunias y geranios. Inmediatamente se sintió atraído por ella. Se acercó con su acostumbrado aire de conquistador, pero el conquistado resultó él.
_ ¿Qué vendes? _ fue la pregunta tonta que atinó hacer.
_ Está a la vista. Flores_ contestó risueña revelando una voz musical que lo subyugó._ Jazmines, jacintos, lirios...elige, ¿cuál quieres?
_ Te quiero a ti.
La declaración inusitada la sorprendió. La mirada verde, profunda como el mar que los rodeaba, le entibió el alma. Sin embargo reaccionó con altanería.
_ Yo no estoy a la venta _ le reprochó, tomó su canasta y corrió calle abajo.
_ ¡Tu nombre! _ quiso saber.
_ Alba _ le gritó cantarina, sin darse vuelta.
Donato se la quedó mirando. Sintió que su corazón se ensanchaba, no teniendo más remedio que amarla. Él que siempre jugó con los sentimientos, ahora era preso de ellos.
La buscó incansable. La encontró, la persiguió, le declaró su amor con insistencia sin importarle las bromas pesadas de sus amigos. Finalmente Alba le entregó su corazón.
El día de la boda, le pareció tocar el cielo. Alba resplandecía. Su grácil figura, envuelta en tules y flores, le daba una apariencia volátil, seráfica. Donato era feliz y todo el pueblo compartía su dicha.
De repente, por un breve instante, con la fuerza de un rayo una presencia sombría hirió su felicidad. La gitana, con la vista clavada en su persona, le sonreía socarrona.
Un beso tierno de Alba y su exquisita fragancia a primavera, enseguida borraron el miedo que comenzó a trepar en su interior.
Cuando supuso que más dichoso era imposible ser, Alba le anunció que serían padres.
Contaron con ansiedad el paso de las nueve lunas, esperando emocionados la llegada de su hijo. Pero a medida que se acercaba el momento del parto, Donato comenzó a tener pesadillas. En ellas aparecía la gitana con una serpiente enroscada en el torso. Ambas lo observaban con frialdad y reían diabólicamente. El trataba de escapar, pero no podía, estaba atrapado en lodo y sangre...¡la sangre de Alba!. Una voz áspera, gutural, repetía: "El amor verdadero se te sea negado hasta que la sangre de tu alma borre esta maldición".
Alba, al notarlo apesadumbrado, se afligió; pero Donato, con una mentira, la tranquilizó.
Nunca le confesaría la verdad, nunca le contaría sobre las mujeres que despreció brutalmente, de las que se burló y humilló. Menos aún le referiría sobre la maldición que por su egoísmo fue merecedor. Ella debía estar al margen de la parte oscura de su vida, como a este ese momento. La vergüenza y los remordimientos lo consumían y el pánico de perder a Alba, lo paralizaba.
La calamidad se desató después del nacimiento. El niño nació saludable, pero la madre quedó muy débil. Una incontrolable hemorragia la estaba llevando a la tumba.
Desquiciado, Donato rezó, rogó, suplicó...Alba no mejoraba.

La comadrona le habló, entonces, de una curandera que podría ayudarlo. "Con intentar, nada perdemos", lo alentó.
Al anochecer encontró la casa en la parte más alta del pueblo, escondida detrás de un ramoso castaño. Entró con sigilo, el lugar estaba en penumbras. Tres velas encendidas sobre una mesa de roble, le indicaron la dirección que debía seguir. Allí estaba esperándolo la curandera. Una bella anciana, pulcra, esbelta, lo impresionó. La miró intrigado.
_ ¿Qué esperabas?, ¿una vieja fea y jorobada? _ se rió.
_ Sí_ contestó sincero.
_ No te dejes sorprender por las apariencias. Lo que importa es la esencia. ¿Qué te perturba?
_ Mi mujer está muriendo...hace poco parió a mi hijo y ahora se desangra...
_ Tengo una pócima de ortiga que cortará la hemorragia...
_ Eso no es todo_ la interrumpió _ Tuve una vida licenciosa y ella está pagando mi culpa. Una gitana despechada me maldijo...nunca podré retener a mi verdadero amor hasta tanto no rompa el conjuro con la sangre de mi alma...¡y no sé lo que eso significa! _ se desesperó.
_ Una vez un santo dijo: "Las lágrimas son la sangre del alma". Las lágrimas, ¡tus lágrimas!, son la solución al dilema.
_ Desde que la gitana me maldijo no puedo llorar. ¡Ay, Dios mío!, entonces Alba morirá.
_ Tranquilízate, buscaremos una salida. Venceremos el sortilegio. Primero debes arrepentirte de todo lo malo que has hecho
_ ¡Lo estoy, lo estoy! _ dijo convencido.
_ Deberás pedir perdón, una a una, a las mujeres que heriste.
_ ¿A la gitana también? _ se desconsoló.
_ También _ la curandera fue tajante.
_ ¿Y si no me perdonan?
_ Lo importante es que tú te humilles, que tú te rebajes. La lección es para ti, no para ellas. Terminado esto, escribirás las palabras de la gitana en una hoja de papel, la pondrás dentro de un cofre de madera y la enterrarás al pie del Acebo que está detrás de la iglesia. Es un árbol mágico que protege del mal de ojo. Pero debes hacerlo en el Plenilunio que comienza mañana. Es una época mágica que hace posible el cambio espiritual en las personas que lo desean, es un tiempo de reflexión en donde las palabras adquieren consistencia siendo la luna capaz de transformar las malditas en benditas. ¡Vete ya! _ empujándolo, lo obligó a marcharse.
Consternado regresó a su hogar. Ahogando su dolor simuló una sonrisa ante Alba. Pálida, casi espectral. Derramó sobre sus labios el brebaje de ortiga esperando un milagro que no ocurrió. Durmió a su lado, apoyando la cabeza sobre el cansado corazón de su amada.
Muy temprano salió decidido a cumplir con su misión. Todas lo escucharon sorprendidas, muchas lo abofetearon, pocas lo perdonaron...una sola lo besó con pasión, la gitana. Simplemente lo besó y desapareció.
Con el espíritu ligero, se preparó para la segunda fase. Con letra clara y prolija escribió las palabras de la maldición, introdujo el papel en un cofrecito de madera rústica y se dispuso a esperar la noche.
Cuando a la medianoche, la luna, coronada de estrellas refulgió en el firmamento, Donato se dirigió presuroso a la iglesia. Cavó un pequeño pozo, aunque profundo y allí colocó esperanzado el cofre.
Volvió junto a su mujer, cerró los ojos y comenzó a repetir la oración de una tarjeta que la curandera le depositó en la mano durante su visita.
Mientras invocaba el poder de la Luna una gran luz blanca entró por su cabeza hasta su corazón, llenándolo de luz por dentro y por fuera. Luego esa luz comenzó a irradiarse a través de las palmas de sus manos que colocó sobre el pecho de Alba llenándola de energía. Los dos quedaron cubiertos de esa luz mágica que los preñó de armonía, paz y alegría.
Donato se inclinó sobre su mujer, le acarició con adoración la frente, las mejillas demacradas; besó con ternura los labios resquebrajados. Pero sus lágrimas, sangre de su alma, no asomaban.
De pronto Alba abrió los ojos, cristalinos, puros, cálidos, rebosantes de amor y los posó en Donato.
Un fuego extraño conjugado con el poder de la luz blanca, lo recorrió como una lanza derritiendo la cadena que oprimía su alma.
Una lágrima, tímida, apocada resbaló por la mejilla de Donato. Luego otra y otra más, hasta que el dique cedió y comenzó a llorar con la avidez de un niño pequeño.
Las lágrimas de Donato, sangre de su alma, rompieron el conjuro bajo el amparo de la majestuosa Luna Llena que como una flor en lo alto del cielo, con deleite silencioso los mira y sonríe.



lunes, 7 de diciembre de 2015

AMADO RECUERDO

Primera Guerra Mundial- En las trincheras, su único lugar, los soldados, con sus uniformes descoloridos y enfangados, ajenos a todo atisbo de gloria y honor, se aferran al recuerdo de su vida de antaño. En esta guerra, sucia y tediosa, la correspondencia es un momento de evasión imprescindible para mantener un atisbo de cordura. Los altos mandos lo saben, y los contendientes organizan el mayor sistema de correo jamás visto. Millones de misivas se cruzan portando un mismo susurro : "sigo vivo".

Desde el frente de Verdún, 3 / 2 / 1918
Amor mío:
           Estoy aquí, en la trinchera, mi único hogar, mi refugio, con un fuego de leña y un montón de paja, escribiéndote. Me duele tener que contarte lo que está sucediendo en el frente de batalla, pero necesito desahogar mi alma de tanta tragedia y tú, mi querida, eres mi bocanada de aire puro; mi consuelo bendito.
Tu recuerdo me fortalece en el momento de tomar la bayoneta y enfrentarme cara acara con la muerte. Por ti me aferro a la vida, por volver a besar tus labios de rosa, por embriagarme con la fragancia de tus cabellos dorados, por perderme en tus curvas sabrosas.
Estoy harto, de patriotismo no me queda nada. Mi importa un bledo si Alemania tendrá a Alsacia, o si la tendrá Bélgica o Francia. Mi mayor deseo es huir de este cenegal de sangre y carne, y volver a tus brazos.
Cada día los combates son más duros. Muchos yacen en el campo de batalla y muchos más caerán.
¡Cuántos más caerán! ¡Que atrocidad! Muerte y destrucción por todas partes.
La semana pasada defendimos un puente. Los alemanes intentaron cruzar a nuestro lado del río, pero cuando llegaron a la mitad del puente, abrimos un fuego tan feroz que tuvieron que retroceder corriendo. En el puente se apilaron montañas de cadáveres. Al día siguiente insistieron en cruzar a toda costa. Se metieron hasta el cuello en el agua, pero nuestras ametralladoras los barrieron. ¡Ay, mi amor!, las aguas del río se tiñeron de rojo...ver semejante masacre nos revolvió las entrañas, a nosotros, sus asesinos.
Es así como me siento, un asesino. Ya no sé quien es mi enemigo. ¿El soldado que pena en la trinchera de enfrente bajo otra bandera es mi antagonista?  ¿Lo es mi General, que decide un ataque infructuoso que costará decenas de miles de vidas?
Privaciones, sangre, suciedad...así vivimos. El incesante rugido de cañones me destroza los nervios ; a veces tengo ganas de llorar como un niño. Es en ese instante cuando tu recuerdo me rescata y me insufla energía para seguir resistiendo.
Siempre llevo conmigo tu fotografía, esa que te tomé en nuestro viaje a Florencia, sobre el Ponte Vecchio, ¿recuerdas?. Sobre ese puente de piedra medieval, donde se respira magia y romanticismo, allí donde nos juramos amor eterno. Cuando este infierno concluya, regresaremos. Enganchado en la baranda del puente nos espera el candado con el que sellamos nuestra alianza, nuestros nombres amalgamados en él lo atestiguan. Me parece verte tirando la llave en las aguas del río Arno, tan etérea... el viento delizándose sobre tu piel, que como una perla preciosa encendió mi lascivia.¡Cuanto te extraño!
¡Ay, mi vida!, debo doblegar mi espíritu rebelde para no desertar y correr a tu encuentro. Frenar mi furia, para acatar las órdenes de mis superiores, cada vez más ridículas. ¿Cómo esperan que lancemos ofensiva tras ofensiva cuando las enfermedades y el cansancio están haciendo estragos?
Nos gritan, "¡Prepárense para el ataque!". Una corriente eléctrica nos atraviesa, algunos compañeros comienzan a comprobar la munición; otros,se quitan la gorra y se santiguan devotamente. De pronto llega otra orden, "¡Avancen!", beso tu foto y salto la trinchera. El sargento grita, "¡Hermanos!, al ataque, adelante"
Como hormigas mantenemos la alineación marchando con la bayoneta en mano y mirando a los ojos a la muerte.
Los que siguen en la línea del frente no escuchan más que el sonido de las ametralladoras que asesinan anónimamente, los gemidos de los compañeros heridos, los relinchos de los caballos moribundos, el latido salvaje del propio corazón...y así día tras día, noche tras noche, atrapados en una oscuridad perpetua.
Es vergonzoso que se nos sacrifique de esta manera.
El Gobierno nos ha mentido. Según ellos íbamos a ganar rápidamente y ya son millones los muertos y heridos. Esta guerra se sustenta sobre mentiras y traiciones. ¿Hasta cuándo tendremos que soportar tanta infamia?.
¿Cuánto tiempo más tendré que esperar para hacer realidad mi sueño de poseerte? Tu recuerdo me sostiene, me enciende, me inquieta...
Tesoro mío, que Dios te acompañe y proteja hasta mi vuelta. Ruega por ello.
                                                                                Por siempre tuyo, Pierre.

sábado, 5 de diciembre de 2015

PLUMA BLANCA

En Macedonia, territorio de la Grecia Antigua, vivía una bella joven. Su nombre era Amarilis. 
Mimada por su familia, obtenía cuanto ella codiciaba. De temperamento alegre, aunque vanidosa y rebelde.
Odiaba a su madre por ser la dueña del amor del hombre que ella deseaba en secreto: su padre.
Ardía por pasar una noche con él. Este sentimiento incestuoso le devoraba las entrañas.
Cierto día, aprovechando la ausencia de su madre y la borrachera de su padre, se metió en la cama de éste. El hombre se encendió al contacto de la piel tersa y pensando que era su mujer, la amó con pasión.
A la mañana siguiente, al descubrir a su hija durmiendo a su lado, estalló en cólera y quiso matarla.
Amarilis, entre lágrimas de vergüenza, imploraba perdón. El padre, sordo a las súplicas, tomó una daga con la intención de cercenar los sentimientos enfermizos de la que había sido la niña de sus ojos.
Atenea, diosa omnipresente, compadecida de la trágica escena, detuvo la mano filicida y como castigo, convirtió a la infeliz doncella en un gran búho de blanco plumaje. Con voz melodiosa dictaminó:
"Desde ahora evitarás la luz que descubrió tu crimen. La noche será tu reino hasta que tu culpa sea purgada. Una misión te encomiendo, proteger almas inocentes de la cruda realidad".

Siglos después...
En una humilde aldea perteneciente al reino de Essex, Gran Bretaña, el sol asomaba vaticinando una jornada fecunda. La cosecha sería espléndida, las mazorcas esperaban ansiosas en los surcos ser recolectadas por las manos callosas y ásperas de los labriegos, que con tanto esmero las habían cuidado. De la cosecha dependía el bienestar y el progreso del pueblo. Los impuestos eran altos, pero ese año saldrían adelante. La esperanza embargaba a tosas las familias.
En una casa, un tanto apartada del pueblo, una mujer daba a luz. El marido le tomaba la mano y con un paño húmedo le refrescaba el rostr. La comadrona la alentaba a pujar, pero ella ya no tenía fuerzas.
En la modesta cocina, un muchacho esperaba nervioso la llegada del nuevo integrante.
_ ¡Nació! _ gritó jubiloso cuando escuchó el llanto.
Se inquietó cuando pasaban los minutos y su padre no salía de la habitación. Intentó entrar, pero la vieja comadrona se lo impidió.
_ ¿Qué sucede? _ preguntó perturbado, algo había salido mal, estaba seguro.
_ Tu madre no ha resistido el parto. Murió _ expresó turbada.
_ ¡No, mi madre, no!_ y cayó de rodillas llorando amargamente.
En ese momento, como si el cielo compartiera la pena del muchacho, se desató una funesta tormenta. Temporal que aniquiló la mitad de la próspera cosecha.
Al correrse la voz sobre la muerte de la parturienta, los campesinos, dominados por la superstición, lejos de entristecerse por la noticia, la tomaron como un mal augurio, que se concretó en los destrozos provocados por la inesperada tormenta.
Con el tiempo, también se supo que la criatura había nacido con una malformación en la piernas que le impedía caminar normalmente. Esto agravó el malestar que la gente sentía hacia aquella familia, a la que marginó cruelmente.
Desgracia que ocurría en el condado, se le atribuía al niño deforme que había nacido en una noche tormentosa, noche del diablo.
Pasados algunos años, el panorama empeoró aún más cuando estalló el rumor que el niño era además, mudo.
Gareth, el hermano mayor, quedó al frente de la granja cuando su padre falleció de tristeza, poco después de su mujer.
Demostrando una admirable entereza, el joven de apenas dieciséis años, trabajó con ahínco para que nada le faltara a su pequeño hermano, a quien amaba y protegía de los insultos y burlas de los vecinos.
Sólo una vez fueron al pueblo y nunca más lo hicieron. En esa ocasión fueron agredidos y vilipendiados.
Algo atormentaba a Gareth. Todos los jueves debía viajar hasta un pueblo que distaba varios kilómetros de su casa para vender en la feria del lugar los productos de la granja, ya que en su propio pueblo era imposible. El problema era el inquieto Grimm, su hermanito. No podía llevarlo con él ahora que con tres años se desplazaba de un lado a otro gracias al par de muletas que le había fabricado. Debía vigilarlo constantemente para que no se metiera en líos y eso le dificultaba las ventas.
A Gareth le divertía verlo persiguiendo a los gansos. La risa de Grimm, era melodía para su alma. Su único deseo era que su hermanito fuera feliz, que la maldad no lo dañara.
Una tarde, en que el cielo se cubrió de nubarrones, llegó a su hogar una joven de increíble belleza. Menuda, pero de curvas armoniosas. Su cabello, plateado como luz de luna, lo tenía sujeto en una larga trenza que pendía en su espalda. Sus ojos, grandes y de un celeste tan cristalino que Gareth podía ver su imagen reflejada en ellos. Y, ¡la boca!...una fresa madura pronta a degustar. Gareth la contempló embobado, sin notar el aura de sombras que la envolvía. Aturdido, pensó que era una ninfa fugada del bosque.
_ Me enteré que necesitas una niñera _ le dijo sin vueltas.
_ ¿Cómo lo sabes? No se lo he dicho a nadie _ le contestó perplejo.
_ Simplemente lo sé. Mira, mi abuela está enferma y me urje trabajar. Soy hacendosa y responsable. No me conoces, pero te aseguro que cuidaré con mi vida a tu hermano. Conmigo nada le sucederá, confía en mí.
Gareth se encontraba en una encrucijada. ¿Qué hacer? Nunca la había visto, había aparecido como por encanto de magia. Y él que desconfiaba de todos, confió en ella.
_ Veremos como le caes a Grimm, es un niño especial. Si él te acepta haremos trato.
El pequeño inmediatamente congenió con la muchacha. Ella lo tomó en brazos y llenó de besos su carita sucia de azúcar morena.
_ Entonces no se hable más, ¡estás contratada!
Grimm, aplaudió divertido.
_ Pero todavía no me has dicho tu nombre.
_ Amarilis, me llamo Amarilis
Desde entonces las cosas mejoraron para Gareth. Sus ventas aumentaron, el asedio de sus vecinos disminuyó, su casa estaba en orden gracias a la tarea eficiente de Amarilis y lo más importante, Grimm disfrutaba de la presencia de su niñera que lo cuidaba con devoción.
Amarilis llegaba a la casa de Gareth al amanecer y antes de que apareciera la luna se despedía de ellos.
Lo extraño fue que desde la aparición de Amarilis, todos los días fueron grises. El gran ausente fue el sol.
Una noche, un ulular grave y constante, sacudió el profundo sueño de Gareth. Bostezando se asomó a la ventana y en una rama alta del anciano tejo que crecía en el frente de su casa, vio asombrado un gran búho blanco.
Las palabras de su madre resonaron en su memoria: "El búho es el protector de las almas inocentes. Es mentira que sea un mensajero infausto. Esa es una creencia de gente ignorante".
Con una sonrisa volvió a la cama. Desde aquella noche, el búho no los abandonó.
El día, como ya era una costumbre, amaneció nublado, se presagiaba lluvia. Igualmente Gareth partió hacia la feria dejando a Grimm al cuidado de Amarilis.
Con una dulce canción sobre hadas y dragones, hizo dormir al pequeño bribón que se resistía a cerrar los ojos. Lo dejó bien arropado en su camita y se dispuso a cerrar las ventanas pues se había desatado un fuerte viento.
La sobresaltó un alboroto, un griterío que se aproximaba. Los divisó a lo lejos, se aproximaban con palos y antorchas. El miedo la inmovilizó, pero fue por un instante. Sobrepuesta trancó la puerta. Tomó al pequeño que dormía plácidamente y lo escondió en el sótano, al que se accedía por una trampilla oculta debajo de la cama.
Cuando volvió a asomarse, ya estaban muy cerca. Debía resistir hasta el regreso de Gareth.
Ya estaba anocheciendo, ¿qué haría?..."Atenea, que nada le suceda a Grimm, te lo suplico, que esos bárbaros tomen mi vida por la de él", rogó angustiada.
_ ¡Queremos al niño! _ aullaron desaforados _ Danos al niño y a ti nada te sucederá. _ le mintieron.
_ ¿Es que no tienen piedad? Es un alma inocente que no ha hecho ningún mal _ las lágrimas la oprimían.
_ ¿Inocente? Es un engendro del demonio, ¿no has visto sus piernas? Se parecen a las del macho cabrío, imagen de satanás. Seguramente el mismo Lucifer le anudó la lengua. Hoy mismo lo mataremos, estamos hartos de las desgracias que han caído sobre nosotros desde su natalicio. ¡Vamos!, danos al niño.
_ ¡Nunca! Todo lo que dicen son estúpidas supersticiones.
La luna se asomó con su cortejo de estrellas y Amarilis cambió su aspecto, la etérea joven se transformó en un gran búho blanco.
La multitud enardecida impactó dentro de la casa. Cuando vieron al búho, se paralizaron.
_ El hijo del demonio tiene por guardían al búho, compañero de brujas. Matémoslo a él también.
El búho batió sus alas con furia y con presto vuelo se abalanzó sobre ellos emitiendo sonidos desgarradores.
Los hombres no se amilanaron. Uno de ellos tomó aceite de una repisa y lo derramó sobre el ave. Su intención era quemarlo, pero era tal la velocidad del vuelo que no lo consiguieron.
Amarilis atacaba con sus garras afiladas y con su pico, no les daba tregua; consiguió sacarlos de la casa, una victoria insuficiente.
Ellos eran muchos y muy fuertes. Finalmente la capturaron y la clavaron a la puerta, siendo fieles a la tradición que así lo dictaba para que de esa manera se rompiera el sortilegio demoníaco.
_ ¡Ave maligna y execrable! ¡Muere, muere! _ arengaban desaforados_ incendiemos la casa, terminemos con todos.
Crueles, arrojaron las antorchas sobre el techo de paja que de inmediato comenzó a arder.
Lágrimas de sangre se deslizaban por el plumaje del búho, que clavado por sus alas y patas, lloraba su impotencia.
De repente se desató un tremendo temporal que ahogó las llamas. La Tierra, encolerizada por la maldad y la violencia, abrió sus fauces y con apetencia, tragó a los agresores. Unos pocos se libraron del castigo. Huyeron espantados jurándose no volver a molestar al niño.
Al amanecer llegó Gareth, intranquilo por su tardanza. Justo ese día, el puente que atravesaba el lago Serpentine, se había derrumbado obligándolo a tomar un camino mas extenso.
El pánico se apoderó de él cuando localizó al búho blanco, su guardián nocturno, clavado en la puerta. Saltó de la carreta y se apresuró hacia la entrada de su casa llamando a Amarilis y a Grimm con desesperación.
Se detuvo ante el búho y su corazón se quebró de pena. Cuando pasó su mano por el níveo plumaje, un milagro sucedió frente a su atónita mirada. El grácil búho se transformó lentamente en la dulce Amarilis.
_ Grimm, abajo...en el sótano...a salvo. ¡Búscalo!
_ ¡Cómo es esto!, no lo entiendo...tú, el búho...
_ No hay tiempo para explicaciones, ve por tu hermanito_ le suplicó agonizante
.
_ Has dado tu vida por defenderlo...¿cómo agradecer tanta generosidad? _ dijo consternado.
_ Soy yo la agradecida _ apenas podía hablar _ Tú y Grimm, me han abierto las puertas de la Luz. Mi deuda está saldada. No pierdas tiempo conmigo, ve por Grimm.
Gareth intentó quitar los clavos de sus delicadas manos, pero un grito lastimoso lo frenó.
_ Déjame, ve por Grimm _ repitió desfalleciente.
Gareth lo encontró todavía dormido. Lo abrazó con fuerza y lo cubrió de besos.
_ ¿Amarilis?, ¿dónde está? _ preguntó con dificultad y somnoliento.
Gareth no salía de su asombro, otro milagro, su hermanito hablaba...
Lo dejó en la cama y volvió junto a la jóven.
Con delicadeza extrajo los clavos, ella no se quejó, su alma ya había partido. La sepultó bajo la sombra del frondoso tejo, el amigo que la hospedó durante tantas noches.
Pasado un tiempo, mientras aseaba la casa, debajo de una alfombra raída encontró una pluma blanca. Se acarició el rostro con ella, suave, con un penetrante aroma a almendras, la fragancia de Amarilis. Y la amó, la amó con intensidad.
"Una estrella brilló sobre la hora en que te conocí; un rayo de sol marcará la hora de nuestro reencuentro. Te espero ansioso, amor misterioso y mágico".