sábado, 5 de diciembre de 2015

PLUMA BLANCA

En Macedonia, territorio de la Grecia Antigua, vivía una bella joven. Su nombre era Amarilis. 
Mimada por su familia, obtenía cuanto ella codiciaba. De temperamento alegre, aunque vanidosa y rebelde.
Odiaba a su madre por ser la dueña del amor del hombre que ella deseaba en secreto: su padre.
Ardía por pasar una noche con él. Este sentimiento incestuoso le devoraba las entrañas.
Cierto día, aprovechando la ausencia de su madre y la borrachera de su padre, se metió en la cama de éste. El hombre se encendió al contacto de la piel tersa y pensando que era su mujer, la amó con pasión.
A la mañana siguiente, al descubrir a su hija durmiendo a su lado, estalló en cólera y quiso matarla.
Amarilis, entre lágrimas de vergüenza, imploraba perdón. El padre, sordo a las súplicas, tomó una daga con la intención de cercenar los sentimientos enfermizos de la que había sido la niña de sus ojos.
Atenea, diosa omnipresente, compadecida de la trágica escena, detuvo la mano filicida y como castigo, convirtió a la infeliz doncella en un gran búho de blanco plumaje. Con voz melodiosa dictaminó:
"Desde ahora evitarás la luz que descubrió tu crimen. La noche será tu reino hasta que tu culpa sea purgada. Una misión te encomiendo, proteger almas inocentes de la cruda realidad".

Siglos después...
En una humilde aldea perteneciente al reino de Essex, Gran Bretaña, el sol asomaba vaticinando una jornada fecunda. La cosecha sería espléndida, las mazorcas esperaban ansiosas en los surcos ser recolectadas por las manos callosas y ásperas de los labriegos, que con tanto esmero las habían cuidado. De la cosecha dependía el bienestar y el progreso del pueblo. Los impuestos eran altos, pero ese año saldrían adelante. La esperanza embargaba a tosas las familias.
En una casa, un tanto apartada del pueblo, una mujer daba a luz. El marido le tomaba la mano y con un paño húmedo le refrescaba el rostr. La comadrona la alentaba a pujar, pero ella ya no tenía fuerzas.
En la modesta cocina, un muchacho esperaba nervioso la llegada del nuevo integrante.
_ ¡Nació! _ gritó jubiloso cuando escuchó el llanto.
Se inquietó cuando pasaban los minutos y su padre no salía de la habitación. Intentó entrar, pero la vieja comadrona se lo impidió.
_ ¿Qué sucede? _ preguntó perturbado, algo había salido mal, estaba seguro.
_ Tu madre no ha resistido el parto. Murió _ expresó turbada.
_ ¡No, mi madre, no!_ y cayó de rodillas llorando amargamente.
En ese momento, como si el cielo compartiera la pena del muchacho, se desató una funesta tormenta. Temporal que aniquiló la mitad de la próspera cosecha.
Al correrse la voz sobre la muerte de la parturienta, los campesinos, dominados por la superstición, lejos de entristecerse por la noticia, la tomaron como un mal augurio, que se concretó en los destrozos provocados por la inesperada tormenta.
Con el tiempo, también se supo que la criatura había nacido con una malformación en la piernas que le impedía caminar normalmente. Esto agravó el malestar que la gente sentía hacia aquella familia, a la que marginó cruelmente.
Desgracia que ocurría en el condado, se le atribuía al niño deforme que había nacido en una noche tormentosa, noche del diablo.
Pasados algunos años, el panorama empeoró aún más cuando estalló el rumor que el niño era además, mudo.
Gareth, el hermano mayor, quedó al frente de la granja cuando su padre falleció de tristeza, poco después de su mujer.
Demostrando una admirable entereza, el joven de apenas dieciséis años, trabajó con ahínco para que nada le faltara a su pequeño hermano, a quien amaba y protegía de los insultos y burlas de los vecinos.
Sólo una vez fueron al pueblo y nunca más lo hicieron. En esa ocasión fueron agredidos y vilipendiados.
Algo atormentaba a Gareth. Todos los jueves debía viajar hasta un pueblo que distaba varios kilómetros de su casa para vender en la feria del lugar los productos de la granja, ya que en su propio pueblo era imposible. El problema era el inquieto Grimm, su hermanito. No podía llevarlo con él ahora que con tres años se desplazaba de un lado a otro gracias al par de muletas que le había fabricado. Debía vigilarlo constantemente para que no se metiera en líos y eso le dificultaba las ventas.
A Gareth le divertía verlo persiguiendo a los gansos. La risa de Grimm, era melodía para su alma. Su único deseo era que su hermanito fuera feliz, que la maldad no lo dañara.
Una tarde, en que el cielo se cubrió de nubarrones, llegó a su hogar una joven de increíble belleza. Menuda, pero de curvas armoniosas. Su cabello, plateado como luz de luna, lo tenía sujeto en una larga trenza que pendía en su espalda. Sus ojos, grandes y de un celeste tan cristalino que Gareth podía ver su imagen reflejada en ellos. Y, ¡la boca!...una fresa madura pronta a degustar. Gareth la contempló embobado, sin notar el aura de sombras que la envolvía. Aturdido, pensó que era una ninfa fugada del bosque.
_ Me enteré que necesitas una niñera _ le dijo sin vueltas.
_ ¿Cómo lo sabes? No se lo he dicho a nadie _ le contestó perplejo.
_ Simplemente lo sé. Mira, mi abuela está enferma y me urje trabajar. Soy hacendosa y responsable. No me conoces, pero te aseguro que cuidaré con mi vida a tu hermano. Conmigo nada le sucederá, confía en mí.
Gareth se encontraba en una encrucijada. ¿Qué hacer? Nunca la había visto, había aparecido como por encanto de magia. Y él que desconfiaba de todos, confió en ella.
_ Veremos como le caes a Grimm, es un niño especial. Si él te acepta haremos trato.
El pequeño inmediatamente congenió con la muchacha. Ella lo tomó en brazos y llenó de besos su carita sucia de azúcar morena.
_ Entonces no se hable más, ¡estás contratada!
Grimm, aplaudió divertido.
_ Pero todavía no me has dicho tu nombre.
_ Amarilis, me llamo Amarilis
Desde entonces las cosas mejoraron para Gareth. Sus ventas aumentaron, el asedio de sus vecinos disminuyó, su casa estaba en orden gracias a la tarea eficiente de Amarilis y lo más importante, Grimm disfrutaba de la presencia de su niñera que lo cuidaba con devoción.
Amarilis llegaba a la casa de Gareth al amanecer y antes de que apareciera la luna se despedía de ellos.
Lo extraño fue que desde la aparición de Amarilis, todos los días fueron grises. El gran ausente fue el sol.
Una noche, un ulular grave y constante, sacudió el profundo sueño de Gareth. Bostezando se asomó a la ventana y en una rama alta del anciano tejo que crecía en el frente de su casa, vio asombrado un gran búho blanco.
Las palabras de su madre resonaron en su memoria: "El búho es el protector de las almas inocentes. Es mentira que sea un mensajero infausto. Esa es una creencia de gente ignorante".
Con una sonrisa volvió a la cama. Desde aquella noche, el búho no los abandonó.
El día, como ya era una costumbre, amaneció nublado, se presagiaba lluvia. Igualmente Gareth partió hacia la feria dejando a Grimm al cuidado de Amarilis.
Con una dulce canción sobre hadas y dragones, hizo dormir al pequeño bribón que se resistía a cerrar los ojos. Lo dejó bien arropado en su camita y se dispuso a cerrar las ventanas pues se había desatado un fuerte viento.
La sobresaltó un alboroto, un griterío que se aproximaba. Los divisó a lo lejos, se aproximaban con palos y antorchas. El miedo la inmovilizó, pero fue por un instante. Sobrepuesta trancó la puerta. Tomó al pequeño que dormía plácidamente y lo escondió en el sótano, al que se accedía por una trampilla oculta debajo de la cama.
Cuando volvió a asomarse, ya estaban muy cerca. Debía resistir hasta el regreso de Gareth.
Ya estaba anocheciendo, ¿qué haría?..."Atenea, que nada le suceda a Grimm, te lo suplico, que esos bárbaros tomen mi vida por la de él", rogó angustiada.
_ ¡Queremos al niño! _ aullaron desaforados _ Danos al niño y a ti nada te sucederá. _ le mintieron.
_ ¿Es que no tienen piedad? Es un alma inocente que no ha hecho ningún mal _ las lágrimas la oprimían.
_ ¿Inocente? Es un engendro del demonio, ¿no has visto sus piernas? Se parecen a las del macho cabrío, imagen de satanás. Seguramente el mismo Lucifer le anudó la lengua. Hoy mismo lo mataremos, estamos hartos de las desgracias que han caído sobre nosotros desde su natalicio. ¡Vamos!, danos al niño.
_ ¡Nunca! Todo lo que dicen son estúpidas supersticiones.
La luna se asomó con su cortejo de estrellas y Amarilis cambió su aspecto, la etérea joven se transformó en un gran búho blanco.
La multitud enardecida impactó dentro de la casa. Cuando vieron al búho, se paralizaron.
_ El hijo del demonio tiene por guardían al búho, compañero de brujas. Matémoslo a él también.
El búho batió sus alas con furia y con presto vuelo se abalanzó sobre ellos emitiendo sonidos desgarradores.
Los hombres no se amilanaron. Uno de ellos tomó aceite de una repisa y lo derramó sobre el ave. Su intención era quemarlo, pero era tal la velocidad del vuelo que no lo consiguieron.
Amarilis atacaba con sus garras afiladas y con su pico, no les daba tregua; consiguió sacarlos de la casa, una victoria insuficiente.
Ellos eran muchos y muy fuertes. Finalmente la capturaron y la clavaron a la puerta, siendo fieles a la tradición que así lo dictaba para que de esa manera se rompiera el sortilegio demoníaco.
_ ¡Ave maligna y execrable! ¡Muere, muere! _ arengaban desaforados_ incendiemos la casa, terminemos con todos.
Crueles, arrojaron las antorchas sobre el techo de paja que de inmediato comenzó a arder.
Lágrimas de sangre se deslizaban por el plumaje del búho, que clavado por sus alas y patas, lloraba su impotencia.
De repente se desató un tremendo temporal que ahogó las llamas. La Tierra, encolerizada por la maldad y la violencia, abrió sus fauces y con apetencia, tragó a los agresores. Unos pocos se libraron del castigo. Huyeron espantados jurándose no volver a molestar al niño.
Al amanecer llegó Gareth, intranquilo por su tardanza. Justo ese día, el puente que atravesaba el lago Serpentine, se había derrumbado obligándolo a tomar un camino mas extenso.
El pánico se apoderó de él cuando localizó al búho blanco, su guardián nocturno, clavado en la puerta. Saltó de la carreta y se apresuró hacia la entrada de su casa llamando a Amarilis y a Grimm con desesperación.
Se detuvo ante el búho y su corazón se quebró de pena. Cuando pasó su mano por el níveo plumaje, un milagro sucedió frente a su atónita mirada. El grácil búho se transformó lentamente en la dulce Amarilis.
_ Grimm, abajo...en el sótano...a salvo. ¡Búscalo!
_ ¡Cómo es esto!, no lo entiendo...tú, el búho...
_ No hay tiempo para explicaciones, ve por tu hermanito_ le suplicó agonizante
.
_ Has dado tu vida por defenderlo...¿cómo agradecer tanta generosidad? _ dijo consternado.
_ Soy yo la agradecida _ apenas podía hablar _ Tú y Grimm, me han abierto las puertas de la Luz. Mi deuda está saldada. No pierdas tiempo conmigo, ve por Grimm.
Gareth intentó quitar los clavos de sus delicadas manos, pero un grito lastimoso lo frenó.
_ Déjame, ve por Grimm _ repitió desfalleciente.
Gareth lo encontró todavía dormido. Lo abrazó con fuerza y lo cubrió de besos.
_ ¿Amarilis?, ¿dónde está? _ preguntó con dificultad y somnoliento.
Gareth no salía de su asombro, otro milagro, su hermanito hablaba...
Lo dejó en la cama y volvió junto a la jóven.
Con delicadeza extrajo los clavos, ella no se quejó, su alma ya había partido. La sepultó bajo la sombra del frondoso tejo, el amigo que la hospedó durante tantas noches.
Pasado un tiempo, mientras aseaba la casa, debajo de una alfombra raída encontró una pluma blanca. Se acarició el rostro con ella, suave, con un penetrante aroma a almendras, la fragancia de Amarilis. Y la amó, la amó con intensidad.
"Una estrella brilló sobre la hora en que te conocí; un rayo de sol marcará la hora de nuestro reencuentro. Te espero ansioso, amor misterioso y mágico".



1 comentario:

  1. Triste pero muy lindo , he leido un cuento ,ME he buelto a sentir niña solo esperaba el final haber como acabaria,
    el final estriste pero bonito me ha gustado .

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