lunes, 4 de enero de 2016

INOCENCIA MANCILLADA

Un rayo de sol se coló entre las rendijas de la persiana, iluminando con timidez la tristeza de la habitación. Dos jovencitas y cuatro niños rodeaban la cama de su madre desgranando un rosario. La moribunda abrió los ojos y con infinito amor los abrazó con dificultad, uno a uno.
El marido, desde un rincón, los observaba y lloraba.
Al caer la noche, la mujer los abandonó para siempre.
"¿Qué hacer sin ella? ¿Qué hacer solo y con tantos hijos?", reflexionó atribulado.
Cierta mañana llegó al pueblo una prima del hombre, que enterada del fallecimiento, quiso ofrecer su ayuda.
"Me gustaría llevarme a Eleonora. Bien sabes el dolor que tengo por no tener hijos y ella sería una bendición para mí. Diego estará encantado", con lisonjas trató de convencerlo.
"Es que Eleonora es una de las mayorcitas, no sé...", titubeó.
"Piénsalo, además, todos los meses te enviaría una suma de dinero que te vendría muy bien", insistió.
Eleonora, una muchacha de catorce años, recibió la noticia con disgusto. La prima le caía mal. Le rogó a su padre que cambiara de parecer, pero él ya había tomado una decisión.
"Debes ir querida, la prima Aurelia te cuidará y hasta me prometió que te enviará a la escuela. Me hará muy feliz tener una hija estudiada", dijo evidenciando su simpleza. Le acarició con ternura una arruguita que se le formó en el entrecejo, provocada por el enojo.
Una semana después estaba instalada en su nueva casa. No se podía quejar, tenía un dormitorio para ella sola, todo un lujo. Lo que más la emocionaba era el detalle del espejo, un espejo de cuerpo entero...¡jamás había tenido uno!. Si de ella dependiera, hubiese estado horas delante del espejo, al que ella consideraba mágico recordando un cuento que su madre le había narrado cuando era muy pequeña.
Pero el encanto se quebraba con los gritos de Aurelia exigiendo el desayuno...el almuerzo...la cena.
La cariñosa Aurelia se volvió una tirana que obligaba a Eleonora levantarse al alba para realizar todos los quehaceres domésticos, mientras ella leía novelas rosas.
Pero en las noches no terminaba la tortura de la muchacha. Diego, el marido de Aurelia, se presentaba subrepticiamente en su dormitorio para comenzar con un juego de caricias que la asqueaban. Una vez intentó besarla en la boca, ella se resistió y él aparentemente avergonzado se retiró. Eleonora pensó que su tribulación nocturna había concluido, pero se equivocó.
En una ocasión, mientras el hombre estaba trabajando, la joven lo delató. Aurelia enloqueció.
"¡Eres una víbora mentirosa!. ¿Cómo te atreves a calumniar de esa forma a un hombre honorable? Vete de mi presencia, me repugnas", le gritó indignada.
A partir de ese momento, Eleonora comenzó a gestar un plan para fugarse de esa casa maldita. Volvería junto a su padre y a sus hermanos.
Contó el dinero que tenía, dinero que Diego le dejaba sobre la mesita luz cuando la visitaba por las noches. Lo utilizaría para comprar el pasaje a su pueblo. Con astucia averiguó la forma de llegar hasta la terminal de ómnibus y los horarios de partida, evitando despertar la suspicacia de Aurelia.
Escaparía de madrugada, no temía, sólo deseaba huir de ese infierno.
Esperó a que estuvieran profundamente dormidos. Con sigilo caminó hasta la cocina. De una de las alacenas tomó el frasco de azúcar y vació dentro un sobre de polvo blanco. Lo cerró y lo agitó para mezclar el contenido. Repitió lo mismo en la azucarera que usaban a diario.
Luego intentó abrir la puerta de calle, cerrada. No desesperó, ella tenía una copia que días antes le había robado a Diego.
¡Libre! Un taxi la llevó hasta la terminal. Con el corazón desbocado, subió al ómnibus que partió raudo.
A medida que el micro se alejaba, una sensación de seguridad se fue apoderando de Eleonora.
Relajada, cerró los ojos. Lentamente, una sonrisa comenzó a dibujarse en su rostro, una sonrisa de satisfacción, preñada de malicia.
"Nunca más volverán a molestarme esos dos. ¡Nunca más!"
Su padre la recibió confundido, aunque feliz por el reencuentro.
Eludió las preguntas para más adelante argumentando su tremendo cansancio.
Sólo a su hermana mayor le contó la verdad.
"¿No tienes miedo de que vengan a buscarte?", le preguntó conmocionada por el relato.
"No", fue categórica, "no vendrán, yo misma me encargué de ello".
"¿Cómo?", preguntó perpleja.
"Sólo te diré que las ratas fueron mis aliadas".




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